Autoestima y patriotismo

Autoestima y patriotismo pueden parecer conceptos que poco o nada tienen que ver entre sí. Pero si tomamos como cierto que todo lo que es predicable de los cuerpos individuales lo es también de los cuerpos compuestos que estos forman, es decir, que lo que podemos decir de los individuos puede ser dicho también de los grupos, sociedades, comunidades,…, que estos forman, podemos encontrar conexiones que nos pueden ayudar a entender fenómenos, a veces, peligrosos, como es el caso del patriotismo mal entendido.

La autoestima individual

La autoestima es la estimación que se tiene de sí mismo. Es decir, como se valora lo que uno es, con sus capacidades y sus limitaciones. La buena autoestima supone una valoración ajustada a la realidad, y tiene la virtud de impedirnos, por un lado, acometer acciones que, dadas nuestras capacidades y limitaciones, están condenadas al fracaso, y, por otro, impulsarnos a mejorar en aquello que sea necesario para acometer dichas acciones sin temor al fracaso. La mala autoestima, por el contrario, es la que desconoce la realidad y pone a la sombra nuestras faltas de capacidad y limitaciones para ocultarlas, aunque acabarán siempre saliendo a la luz y proyectándose en los otros. Quien posea una buena autoestima, por ejemplo, al encontrarse en la situación de no entender a un interlocutor que habla en otro idioma, se planteará la necesidad de aprender ese idioma, y otros más, para superar la limitación que supone ese desconocimiento. Si la autoestima es mala, en cambio, se proyectará sobre el interlocutor la falta de capacidad propia, y se le reprochará su desconocimiento de nuestra lengua y su limitada capacidad para comunicarse.

Patriotismo

Infortunadamente, se tiende a considerar que la autoestima es buena si es alta, en línea con la extendida tendencia a cuantificar todas las cosas y a clasificarlas y ordenarlas en función de esa cuantificación. Sin embargo, que sea alta o baja no es lo más importante, sino que responda a una idea adecuada de la realidad. Una alta autoestima pero alejada de los hechos y circunstancias reales, no es más que una forma de narcisismo o egolatría, que en nada benefician al individuo. Por su parte, una baja autoestima que responda a una realidad, es el primer paso para poder mejorar las capacidades actuales y superar los límites propios que de ellas se derivan.

El patriotismo como autoestima colectiva

Admitido que lo aplicable a los individuos lo es también, de alguna manera, a los grupos que estos componen, no resulta difícil entender el patriotismo como la autoestima de una nación. Es decir, el patriotismo es la valoración que la nación hace sí misma, y será un buen patriotismo si responde a una idea ajustada de la realidad. De otro modo, si la valoración responde a un conocimiento adecuado de las capacidades y limitaciones de la nación, ese patriotismo será bueno para la comunidad constituida en nación, porque le permitirá, por un lado, no lanzarse a aventuras y desafíos que, por sus circunstancias reales, están condenadas al fracaso, y, por otro lado, conocer qué aspectos, ámbitos y problemas debe acometer, desarrollar y mejorar para superar sus limitaciones como colectivo.

También en el caso del patriotismo, por desgracia, se tiende a confundir buen patriotismo con alto patriotismo, cayendo en ese narcisismo o egolatría de las naciones que es el patrioterismo. Patrioterismo que, como la mala autoestima, arroja a la sombra colectivas todas las incapacidades comunes y oculta todos los límites que las faltas propias establecen para el grupo. Sombra de la que salen proyectadas todas esas cuestiones para ser resaltadas en las otras naciones y vituperadas como graves defectos ajenos. La idea de que ser buen patriota es sobrevalorar las capacidades propias y ocultar las limitaciones que han impedido e impiden a una nación un desarrollo constante y exitoso, amenaza y a menudo destruye el equilibrio psíquico y emocional necesario para encarar la vida, individual o colectiva, con ciertas garantías de prosperidad.

PatriotismoNo es posible tener el sosiego y la serenidad necesarios para acometer acciones o resolver problemas, sin ese equilibrio que el patrioterismo impide. La visualización constante de defectos y limitaciones en los demás junto con la ceguera para los propios, nunca va a permitir un acercamiento a la realidad desde la racionalidad y, por tanto, con los presupuestos imprescindibles para su comprensión. Y en una realidad que no es sino incertidumbre y complejidad permanente, la imposibilidad de lograr un mínimo de comprensión del entorno encamina a las comunidades hacia su descomposición.

Patriotismo español y cuestión catalana

Todo lo anterior podría aplicarse para entender algunos aspectos de la situación que vivimos en los últimos tiempos en relación con la cuestión catalana. Que ahora nos fijemos en lo que se refiere al patrioterismo español, que es el que sufrimos directamente, no significa que en el otro lado no exista también un patrioterismo catalán, ambos igualmente perjudiciales para sus propias comunidades y los individuos que se sienten parte de ellas.

PatriotismoPero es indudable que existe un patrioterismo español que se niega a admitir la realidad como es, que ha arrojado a las sombras los grandes defectos, que oculta los fracasos colectivos, y olvida las limitaciones. Patrioterismo que, al mismo tiempo, resalta, destaca y aborrece esas mismas incapacidades propias cuando las adivina en otras comunidades, o, incluso, se las atribuye sin una realidad que las sustente.

Frente a él, se echa en falta un buen patriotismo, que conozca lo que es la comunidad de individuos que dice estimar, con sus virtudes y defectos, y ande más preocupado de descubrir como ampliar capacidades y superar limitaciones, que de perseguir a quienes desvelan la realidad y tratan de transformarla.

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