La vieja imagen del fascismo

Siempre asociamos imágenes a las ideas y conceptos, para que nos ayuden a definirlos y entenderlos mejor. Pero, al mismo tiempo, estas imágenes determinan de alguna manera esas ideas o conceptos, hasta el extremo de que, a menudo, si no vemos esa determinada imagen, llegamos a pensar que la idea o concepto con la que la hemos asociado, tampoco está presente.

Con la idea de fascismo, por ejemplo, asociamos imágenes de uniformes, paradas y desfiles paramilitares, oradores grandilocuentes, fusilamientos, campos de concentración, torturas y muchas otras imágenes de violencia y represión. Hasta tal punto mantenemos estas imágenes ligadas a la idea de fascismo, que, si no percibimos en la realidad imágenes asimilables a estas, llegamos a ignorar la presencia material del fascismo.

Fascismo

El fascismo oculto

Pero el fascismo, encarnación indudable del mal, no carece por ello de inteligencia, y se esmera desde hace tiempo en ocultarse tras imágenes muy diferentes de las que tenemos asociadas a él. Aun así, mantiene el contenido material fundamental que lo convierte en algo tan aborrecible, aunque nos cueste verlo.

Todos los elementos básicos del pensamiento fascista, no sólo están presentes en nuestras sociedades, sino que, desgraciadamente y cada vez con más intensidad, se están convirtiendo en valores fundamentales para una mayoría.

El patriotismo excluyente y victimista, la persecución de la discrepancia, el afán unificador, la criminalización de la disidencia, el descrédito de la igualdad, la xenofobia, la misoginia, la habituación a la violencia y su exaltación, la desinformación, la manipulación del sistema educativo, el enaltecimiento de la obediencia y la sumisión, la persecución de la cultura, son hechos que nos rodean y nos envuelven sin que casi nos demos cuenta de su significado y de lo que se oculta tras ellos.

Fascismo

 

El fascismo y la clase media 

En un país como el nuestro, cuya clase media ha sido construida por un fascismo, quizás de baja intensidad pero fascismo al fin y al cabo, como fue el franquismo, los valores característicos de esta clase media son notablemente fascistas, y por ello tiene una irremediable tendencia a apoyar ideas y propuestas que, en lo básico, vienen a coincidir con esa concepción del mundo.

La clase media española no sólo es conservadora como en todos los países, sino que, a poco que rasquemos en su superficie, aparecen los fundamentos franquistas de su manera de entender la vida: inmovilista, sumisa ante la autoridad, despectiva con la cultura, pancista, …

No se puede ser demócrata sin ser antifascista

Es cierto que se rechazan las imágenes típicas y tópicas del fascismo, y por ello el fascismo se presenta sin uniformes, ni desfiles, ni banderas, pero su presencia es real y cotidiana, en una sociedad en la que ser antifascista significa ser marginal y extremista, y en la que se olvida que una condición inexcusable para ser demócrata es la de ser antifascista, de modo que es imposible ser lo uno sin ser lo otro.

Pero en España uno se puede declarar demócrata y acudir a una manifestación de la mano de quienes reivindican, o en el mejor de los casos no condenan, la Dictadura franquista, al que gustan de denominar el anterior Régimen, como si con ello  tranquilizaran sus consciencias.

Fascismo

Hoy, hay en España presos políticos, se encarcela a cantantes, se secuestran libros, se retiran obras de arte, se persigue al disidente, pero a una gran parte de la población sólo le importa la Liga, la Champions, las cacas de perro en las aceras, el estado de las instalaciones deportivas, esperar más de quince minutos un autobús, o los ripios de una triste cantante, llena de orgullo vicario de ser católica y española.

Por eso, aunque las ganas de escribir sean cada vez más escasas, hay que reivindicar permanentemente el antifascismo, no como una ideología más, sino como actitud vital imprescindible para la salud y prosperidad de cualquier comunidad. Sin antifascismo no es posible la democracia, ni, lo que es más importante, un mundo en el que vivir sea algo más que esquivar el mal, hecho vida cotidiana.

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