La arruga indignada llega a los leones

Abuelos jubilados indignados invadiendo calles, alcanzando las puertas del Congreso donde otros muchos no consiguieron llegar, y entre ellos la pregunta estrella, ¿por qué no se les unen sus nietos?

indignadosLa gente joven no participa en la vida pública, están dormidos o anestesiados. Con el lema “No nos vamos, nos echan”, los jóvenes ponían, hace años, el grito en la calle, para denunciar que aquí ya no hay futuro y que se tienen que marchar fuera a buscarse la vida. Pero que precisamente con este desenlace, nuestra posible arma de protesta renovada, ágil y potente desaparece, quedándose únicamente los mayores de 45 años, que son los actuales involucrados en política, y ahora, hace unos días, los jubilados, los que construyeron todos los derechos que día tras días estamos perdiendo, son los que nos han recordado que es lo que hay que hacer y tener para recuperarlos.
Los jóvenes en cambio realizan la protesta allí donde se han tenido que marchar. Organizados por las redes sociales, por colectivos como “Juventud Sin Futuro”, convocaban manifestaciones en París, Bruselas y otras capitales europeas, para protestar por lo que aquí está pasando y por lo que tanto les está afectando. Utilizan herramientas como el arte callejero, la protesta invisible y se sirven de los movimientos sociales independientes a través de un profundo conocimiento de las redes sociales para expresar su descontento.

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Las causas de su pasividad las podemos encontrar en el hedonismo, en la sobreprotección familiar, en el escaso apoyo sindical, en la crisis económica. Si están furiosos, lo están sentados, mirando el móvil de última generación, escribiendo alguna frase más o menos sublevada. Pero quizás podríamos ir más allá para examinar el porqué de su sumisión, que bien podríamos encontrar en el sistema educativo, donde se valora mucho más la autonomía y la conciencia individual que la solidaridad, la generosidad y la cooperación.
Tenemos un semillero de seres individualistas, que son la antítesis de sus abuelos, que trabajaron mucho, lucharon más, casi un millón de sus parientes y hermanos pagaron con sus vidas por luchar por sus ideales, mientras otros morían de hambre y ahora son el principal sustento de muchas economías domésticas. Los millennial están creciendo sin que se identifiquen con la figura del trabajador, son los eternos estudiantes y como tales no esperan mucho más que retener unas cuantas ideas plasmadas en un libro de texto homologado por el estado. Ya han aceptado que no tendrán un empleo fijo, en cada legislatura se les acentúa más esa percepción, ni subsidios, ni ayudas sociales, ni pensiones. Si sufren recortes, es normal, hay crisis. Si hay epidemia de corruptos, es por eso que la política es repulsiva. Estos chicos y chicas se sienten derrotados de antemano, con una tasa de paro del 44,4% solo superada por Grecia, son chavales que encuentran su primer empleo y al mismo tiempo están en riesgo de exclusión, son los nuevos mendigos. Están tan mal pagados que no dan confianza a los caseros para que les alquilen una casa y se ven abocados a dormir en la calle, la misma que no toman para pelear por sus derechos destruidos y machacados.

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Y nosotros que vemos este escenario catastrófico delante de nuestras narices, ¿Qué podemos hacer para volver a lanzar un ¡Indignaos! de Hessel con capacidad suficiente para romper de una vez entre todos con la situación que ellos están viviendo y con la que les espera a los que vienen detrás? Desbordando todas las previsiones, los jubilados indignados llegaban a las puertas de la Cámara Baja, los jóvenes solo tenían que haber levantado la vista de sus móviles y haber aprendido que en la calle está la lucha y está su futuro, junto a sus abuelos.

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