A Europa no le gusta la sensibilidad

Mientras Europa se debate en un reparto político de refugiados, el Mediterráneo los va acogiendo en toneladas, en un año hasta 30.000 Y mientras no se establezca una justicia global que sea bien vista por la troika, las aguas del Mediterráneo seguirán acogiéndolos en su seno, creando un inmenso cementerio lleno de seres que nunca recibieron la hospitalidad. No hay cabida en nuestro territorio para esas personas que huyen de la miseria, porque podría poner en peligro los intereses financieros de las grandes corporaciones.

La hospitalidad, ese gran concepto que va unido a la naturaleza humana, se va perdiendo hasta difuminarse, arroyada por los intereses económicos de países civilizados y capitalistas, que van superponiendo en su lugar la hostilidad, el rechazo, la violencia, la xenofobia o el odio. Nos educan en el individualismo, la exclusión o la autonomía, para sentirnos aislados y diferentes del de al lado. Así somos más manipulables, frágiles, inseguros y de esa forma desaparece el proyecto social. La competencia acampa sin límite y todo ello beneficia y registra sonrisas en el poderoso.

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Y si mueren a millares, no debemos tener sentimientos con el mismo ser de mi especie, porque solo existo yo, ya me adoctrinaron a no percibir, ni a empatizar. Olvidare las enseñanzas de Platón, Hegel, MerleauPonty y Lévinas que ilustraron conceptos de identidad o de lenguas. Ellos decían: “Mi identidad solo existe si interactúo o crea una relación con los otros, puesto que no existe el yo en solitario”. Ahora partimos de una crisis de identidad con riesgo de autodestrucción.

Nos olvidaremos de Platón, Hegel, MerleauPonty y Lévinas, pero todavía nos quedan los voluntarios humanitarios que nos hacen recordar el verdadero sentido de nuestra existencia. Todavía hay gente que se arriesga diariamente en mantener los valores puros de la humanidad. “Yo soy responsable del otro sin esperar reciprocidad, aunque ello me cueste la vida. La reciprocidad es asunto suyo” decía Lévinas. No hay reciprocidad en las políticas de inmigración “cero” o puertas cerradas, que destruyen en su acciones vidas futuras, aniquilando amaneceres pacíficos para muchas personas que huyen de la muerte.

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La ONG Proactiva Open Arms y Proem-Aid desarrollan humanidad y a Europa no le gusta. A Europa no le gusta la sensibilidad, ni la solidaridad, ni la hospitalidad y que tampoco se practique. Y si hay que encarcelar, se encarcela, y si hay que retener, se retiene. “El fin justifica los medios” escribió Bonaparte en la última página de su libro “El Príncipe” de Maquiavelo; y para Europa, si es necesario criminalizar la ayuda humanitaria, se cumple el artículo 1, apartado 2, de la Directiva 2002/90/CE del Consejo para sancionar a los ciudadanos que presten asistencia humanitaria a los migrantes. De esta forma tan aséptica se corta de raíz que el verdadero drama que se genera en países como Siria, Afganistán e Irak se propague al mundo, que nadie sea testigo de lo que allí se ejecuta con mano férrea precisamente desde Europa o América.

No es mundo para héroes con corazón, con mirada altruista o compasiva, donde ven en el bebe a punto de morir ahogado a su propio hijo, donde se encuentran con otras miradas casi vacías, pero con un pequeño brillo de esperanza que hace que su trabajo merezca la pena, a pesar de Europa, a pesar de la atrocidad, a pesar de la deshumanización, esa esperanza bien vale salir una y otra vez a rescatar, a seguir encontrando, en un laberinto de destrucción, destellos vitales que justifiquen nuestra humanidad.

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