La vida y la muerte se ven en un cruce de caminos a diario, pero hay ocasiones en las que esa estrecha relación te deja conmovido durante el resto del día y, según cómo, también los días venideros.

Me encuentro en Iquitos, Perú. Estoy paseando por el mercado de Belén, donde puedes encontrar absolutamente de todo. Los ricos aromas de las más variadas especias se entremezclan con el estruendo de unos altavoces excesivamente altos y estridentes, el barrizal ocasionado por las constantes lluvias de los últimos días que te obliga a fijarte en cada paso que das y el fuerte y nada agradable hedor a sangre que desprenden los trozos de gallina, cerdo y demás animales de consumo alimentario.

Es todo un espectáculo recorrer las calles de este tipo de mercados y, aunque no es muy agradable, reconozco que me atrae perderme por sus calles, pues haces un descubrimiento nuevo en cada esquina.
Pero la cosa cambia cuando veo algo que no logro identificar a primera vista y tengo que emplear unos segundos de más para darme cuenta de que lo qué estoy viendo es lo que queda del cuerpo de una gran tortuga. Alertado, saco el móvil y tomo una fotografía. Sigo paseando pensando en la tortuga y un par de minutos más tarde no doy crédito a lo que tengo a escasos metros de mí, pienso que no puede ser real, que lo habré visto mal…

Pero desafortunadamente no es así. Tengo delante mío medio cuerpo de lo que había sido un travieso mono. Se puede ver la expresión de horror en su cara. Estoy espantado. De nuevo, saco el teléfono y tomo un par de fotografías, no para tener un recuerdo, sino para compartirlas con mis amigos animalistas y que las usen para denunciar el uso y abuso animal.

Ya he tenido suficiente por hoy. Pensativo e impactado salgo del mercado y tomo camino a la Plaza de Armas, la plaza central de Iquitos. Al llegar, veo un corrillo de gente mirando todos en la misma dirección. En el centro del corrillo hay unos cuantos policías y, a su lado, un trozo grande de cartón, como los que se usan para embalar neveras. Miro, pero no veo nada raro, nada que me llame la atención y decido preguntar qué es lo que ocurre.

– Hay un cadáver ahí – me indica una mujer.

Vuelvo a mirar, me fijo mejor y veo que debajo del cartón hay, en efecto, el cuerpo de una persona sin vida.

Los más morbosos sacan su móvil y, al igual que hice yo con la tortuga y el mono, toman fotos y vídeos de la escena; uno incluso se muestra sonriente, como si la vida no valiera nada.

¡Vaya día llevo, y todo concentrado en un momento! Mientras sigo caminando, recuerdo el viaje a India que hice unos años atrás. En Varanasi, los ancianos y enfermos, van a esperar a la muerte en el río Ganges, algunos incluso recorren largas travesías para llegar hasta allí, pues tienen la creencia de que así se liberarán. Puedes estar en un comedor tomando tu almuerzo y ver cómo, en la calle, las familias llevan a sus difuntos a los crematorios, cómo arden sus cuerpos en medio de una fogata de madera y luego, después de arder, ver cómo los perros buscan entre los restos algo que llevarse a la boca.

Sí, la vida y la muerte conviven en una curiosa relación, pero hay ocasiones en las que no puedo acostumbrarme y me surgen algunas preguntas. ¿Qué diferencia hay entre un cerdo y un mono? ¿Por qué me escandalizo si veo una cabeza de cocodrilo y no una pierna de cordero expuesta en un mostrador? Será la costumbre pero, en lo personal, me niego a acostumbrarme a ciertas cosas. Me vuelvo al hostal, necesito digerir un poco todo lo que he visto.

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